Un grito

Un grito.
Un grito es todo lo que hace falta para marcar la diferencia.
Un grito de tregua paraliza la guerra.
Un grito de ¡tierra a la vista! ofrece esperanza a los marineros.
Un grito de auxilio puede ser escuchado y salvar una vida. O dos.
Un grito de guerra inicia una revolución.
Un grito de victoria la termina.


Este fue un grito igual de fuerte.


Sólo un grito.
Un grito que cambia el mundo.
Quizá no el mundo entero, eso sería una locura.
Cambia mi mundo.
Para alguien con un mundo tan inestable como el mío,
es una catástrofe que un grito sea tan potente, tan radical.

Un grito.
Sólo un grito.
Tu grito.
Y el mío a su vez.
Dos gritos, entonces.
(Lo cual demuestra que el grito no me ha enseñado a contar).
(O que fueron tan simultáneos y entrelazados
que no se distinguían el uno del otro.)
(Fueron gritos, al fin y al cabo.)


Fue un grito de revolución y presencia a la vez.
Fue un grito despiadado y cruel.
Fue un grito que anunciaba la profecía más importante de mi vida entera.
Fue un grito. Un grito y nada más.


Lo importante pasó después.
Lo importante fuiste.
Lo importante fui yo.
Lo importante fuimos nosotras al mezclarnos.
Lo importante fue jurar por la espada que nos protegeríamos.
Lo importante fue descubrir que juntas éramos más fuertes,
Capaces de lograr lo que quisiéramos.

Lo importante fue ser tú y yo, diferentes pero juntas.
Lo importante fue que hubo motivos para gritar.
Lo importante fue que a partir de entonces habría miles más.
Lo importante fueron las dificultades que se presentarían.
Lo importante fueron las discusiones.
Pero más importante fue superarlas con éxito.
Lo importante fue no entendernos.
Pero más importante fue llegar a hacerlo.
Lo importante es que ni yo soy , ni eres yo.
Lo importante es que nuestra mezcla es heterogénea.
Lo importante es que la batalla es larga y quizá la perdamos.
Pero más importante es saber que morirías por mi.
Y aún más, saber que yo lo haría por ti antes de que te dieses cuenta.


El grito fue importante.
El grito fue prólogo.
Y nosotras…
Nosotras somos la historia.

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Un grito que se pierde en un laberinto.

Divergencia

Cada vez nos alejamos más, cada vez estamos más lejos. Tú de mí y yo de ti.

Lucho por alcanzarte, de veras que lo hago.

Busco tu mirada de complicidad pero ya no la encuentro.

 

Cada vez somos más distintos, cada vez estamos más lejos. Tú de mí y yo de ti.

Lucho por entenderte, de veras que lo hago.

Busco sacarte una sonrisa pero ya no lo consigo.

 

Cada vez divergimos más y más y más y más y más. Tú de mí y yo de ti.

Como barcos a la deriva empujados por opuestos vientos de un mismo huracán.

Como líquidos de diferente densidad que ya no se saben mezclar.

Como esperanzas escritas en un papel que, poco a poco, se queman.

 

Cada vez nos perdemos más, cada vez nos encontramos menos. Tú de mí y yo de ti.

Lucho por frenarme y esperarte, pero no soy capaz de hacerlo.

Busco sonreírte sinceramente de nuevo, pero ya no puedo.

 

Cada vez nos alejamos más, cada vez estamos más lejos. Tú de mí y yo de ti. 

Ya no sé que hacer, te lo prometo.

Cada vez que hablamos, no nos entendemos.

Cada vez gritamos más y escuchamos menos.

Cada vez ignoramos más nuestros sueños y fingimos que jamás existieron.

Cada vez estamos más solos, separados por una triste pared.

 

Fuimos testigos de que amar merecía la pena.

Fuimos testigos de que el más grande amor no es de una pareja.

Fuimos testigos de las más sonoras risas, de los más siniestros recuerdos.

Fuimos testigos de cómo la música del piano rozaba el cielo.

Fuimos testigos del mundo, testigos del destino.

Fuimos testigos de que los accidentes no son fortuitos.

Y ahora estamos tan solos…

Cada vez más solos, cada vez más lejos, cada vez menos comprensivos.

 

Cada vez nos alejamos más, cada vez estamos más lejos. Tú de mí y yo de ti.

¿Quién podría imaginar que alguna vez fuimos infinitos?

¿Quién podría imaginar que algún día se apagaría nuestro fuego?

Dime, hermano mío, ¿lo hubieras imaginado tú?

Pues yo sólo puedo lamentarme en mi amarga derrota.

Permanecer altiva en mi montaña.

Ver cómo te marchas.

Y pedirte que, por favor, siempre me recuerdes.

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Cristal Roto.

No puedo ser salvada

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No puedo ser salvada, hace tiempo que lo sé. No puedo ser salvada bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia: ¿Quién sabe qué acontecerá si alguien lo intenta? Es extraño el conocimiento de que han sido mis propias manos quienes han infligido las heridas que mi alma porta sin orgullo, siempre envueltas en vergüenza y siempre sangrantes, a la vista.

No puedo ser salvada, las balas penetran hasta lo más profundo de mi cuerpo y se alojan entre los pliegues marchitos de un corazón que hace siglos que está roto. No puedo ser salvada, mi cabeza hace tiempo que no está en este mundo ni participa en los diversos constructos sociales. No puedo ser salvada, el cuchillo ha cortado elementos demasiado vitales que ahora me impiden respirar.

No puedo ser salvada, de noche el cielo implora mi perdón por todo aquello que jamás debió acontecer y carga a mis espaldas. No puedo ser salvada, el recuerdo del horror permanece grabado a fuego en mis recuerdos abandonados. No puedo ser salvada, la penitencia debe ser cumplida en cualquier contexto hasta haber pagado la pena por mis errores.

No puedo ser salvada, he hecho tanto mal que no parece que algún bien deba reflejarse en mi vida. No puedo ser salvada, me hallo en lo más recóndito del mundo, dentro de un pozo de oscuridad y desasosiego.

No puedo ser salvada.

No quiero ser salvada.

Una sonrisa especial

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Lyon, France.

Llevo toda la vida buscando una sonrisa especial.

Sé que será una sonrisa como no la haya visto nunca antes. Una sonrisa totalmente diferente. Quizá enseñe los dientes o quizá sea una sonrisa de labios pegados. Quizá sea sólo media sonrisa. Quizá sea una sonrisa extraña, tímida, amable, sarcástica, divertida. Quizá sea una sonrisa triste o quizá sea la sonrisa más radiante que encuentre en mi camino.

Sé que será una sonrisa que reconoceré en el mismo instante en que la vea, que se parará el tiempo y ya no existirá nada más que yo, el cielo azul, los rayos cálidos del sol sobre mi piel y esa sonrisa. Sé que la conoceré de día, porque sé que el sol palidecerá a su lado. Sé que no podré apartar la mirada de ella, porque la habré encontrado.

Llevo toda la vida buscando una sonrisa. Ninguna que haya visto se le acerca lo suficiente.

A veces, caminando por la calle, creo verla. Me giro, frenética, pero la sonrisa ha desaparecido. A veces, perdida en mis ensoñaciones, creo recordarla brevemente y la busco entre el paisaje que ocultan mis memorias. A veces la busco, la busco y la busco y la busco, en todos los rostros que me cruzo. Intento hacer reír a todo aquél que cruza sus pasos conmigo, intento que todos sean un poco más felices, a ver si así encuentro mi sonrisa.

A veces encuentro alguna similar.

A veces alguien me sonríe, y es una sonrisa preciosa. Y a veces me quedo con su dueño durante un tiempo. A veces la sonrisa es tan alegre que quiero guardarla en mi bolsillo y no dejar que se escape nunca. A veces, la sonrisa es triste y tiene miedo. En esas ocasiones me acerco todo lo que puedo, la acaricio y la cuido. En esas ocasiones intento arreglar las alas rotas del dueño, intento que esa sonrisa sea capaz de volar por sí misma. Y cuando finalmente lo hace, se lleva un trozo de mi alma. Esa sonrisa no era para mí, lo sé. Y, sin embargo, duele su ausencia, como si hubiera sido la sonrisa que buscaba. Como si no pudiera haber otra.

Al cabo de un tiempo, vuelvo a recordar mi misión: La sonrisa que busco y no encuentro.

Llevo toda la vida buscando una sonrisa especial. Sé que cuando la encuentre curará mis heridas y me acunará en su esperanza. Sé que cuando la encuentre no volveré a tener frío ni miedo, ni volveré a estar sola. Sé que cuando la encuentre, el hueco que hay en mi corazón se rendirá por fin ante el destino, y se llenará de risa y llanto y esperanza y dolor y siempre quedará hueco para los nuevos recuerdos.

A veces veo a otras personas que también buscan sonrisas y, a veces, las encuentran.

A veces encuentran la sonrisa a mi lado, cerca mío, encuentran la sonrisa que yo estaba cuidando y se la llevan, me la arrebatan. A veces peleo para que no lo hagan pero nunca lo consigo. Porque esa sonrisa no era mía, era suya, y tienen derecho a atesorar la sonrisa que les pertenece.

A veces encuentro personas que han perdido su sonrisa, y me apiado de ellos.

Pobres seres que se deshacen en la lluvia. Pobres almas solitarias que se retuercen en la miseria. Me apiado de ellos, y rezo cada noche para no perder la mía antes de encontrarla.

Llevo mucho tiempo buscando una sonrisa.

Es una sonrisa especial.

Supongo que no la has visto en tu camino ¿no?

No cambies

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No cambies.

No cambies. Repito: No cambies. Nunca cambies. Y cuando te pido que no cambies, te lo pido de corazón. De hecho, si al final resulta que tengo alma, te lo pido con toda ella, desde lo más profundo. Si alguna vez viste sinceridad en mi mirada, te pido que la recuerdes y la apliques en este instante a mis palabras: No cambies.

Yo no lo entiendo. No lo entiendo. De verdad: No lo entiendo. Y cuando digo que no lo entiendo, lo digo utilizando toda la lógica que me es posible. De hecho, si al final resulta que mi expediente académico no refleja mi inteligencia, espero que al menos me otorgue el derecho a no entenderlo. Y si alguna vez creí hacerlo, te pido que me perdones, pues no lo hago.

Porque el mundo es raro. Es muy raro. Tan raro que parece que esté boca abajo, y cuando te giras sigue boca abajo, y por mucho que te esfuerces no puedes verlo del derecho. Porque está al revés, te lleva la contraria. Nos lleva la contraria. Me lleva la contraria. Y no me gusta, no me gusta que me lleven la contraria. No me gusta construir un pensamiento, inventar una moral, desarrollar cierta ética propia… y que sea en vano. Porque el mundo es raro, y al mundo le gusta destruir todo lo que tú consigues con tu valor y tu esperanza. Al mundo no le gusta que seas una persona independiente y capaz, no le gusta que pienses y sientas e inventes y llores y rías y mueras de amor y rabia y dolor y felicidad a la vez. Al mundo no le gusta que seas. Que seas.

No cambies. Y cuando te digo que no cambies, lo digo de verdad. Porque no hay nadie que merezca un cambio en tu persona excepto tú mismo. Y si tú crees que debes cambiar, cambia. Pero antes de hacerlo párate a pensar, aunque sólo sea un instante, aunque sea un suspiro: Párate a pensar. ¿Quieres cambiar? ¿Quieres ser otra persona? ¿O acaso el mundo te está diciendo que cambies? ¿Acaso el mundo te está obligando a ser quien no eres? Recuerda que si cambias tendrás que esforzarte: Vas a tener que construir tu mundo interior de cero, no sólo tu apariencia. Vas a tener que volver a empezar todo lo que antaño ya se erguía sólido sobre cemento. Vas a tener que pintar de otro color una felicidad que ya era completa. ¿Te merece la pena? ¿Te merece la pena ese esfuerzo inútil para amoldarte a un mundo que no te quiere?

No cambies. Y cuando te digo que no cambies, me reafirmo a mí misma.

Porque yo no voy a cambiar.

Y tú tampoco deberías hacerlo. 

Distopía

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DISTOPÍA [di-sto-pí-a] Representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son las causantes de alienación moral.

Contenemos la respiración por puro vicio, con la atención fija en un mismo lugar. Contenemos la respiración y rezamos un mismo mantra, segundo tras segundo, sin reservar un espacio para la reflexión. Rezamos con tanta fuerza que se convierte en un latido constante que nos recuerda tiempos más oscuros, tiempos de horror y pesadilla.

“Por favor, por favor, por favor…”

Pero es en vano, vano, vano.

Es un susurro de esperanza vana que se pierde entre gritos histéricos sin coherencia. Es una chispa mínima, batallando contra el huracán más potente al que se ha enfrentado y se enfrentará: sabe perfectamente que no puede sobrevivir. Es un sinsentido que se aferra a la vida con uñas y dientes, sabiendo que pronto acabará y su memoria quedará perdida en los anales del tiempo, donde el olvido se apoderará de cada uno de los suspiros que antaño fueron importantes.

El mundo cambia a una velocidad vertiginosa y aquello que parecía improbable se cumple inexorablemente.

Quién iba a imaginar que las distopías pudieran materializarse en nuestro tiempo y hogar.

“Estas cosas sólo pasan en el sur, Occidente está a salvo”, solemos pensar.

Pero es mentira, mentira, mentira.

Quién iba a creer que la manipulación mediática nos arrastraría hasta este horrible punto de no retorno.

“La televisión no hace daño a nadie, es sólo entretenimiento”, suelen replicar cuando les enfrentas.

Pero no son libres, libres, libres.

Quién, en su sano juicio, hubiera creído posible la locura colectiva que hoy sufrimos.

“El pueblo es inteligente, no va a caer en la trampa”.

Pero caen, caen, caen.

Mantenemos la ilusión sabiendo que nuestros deseos no afectan lo más mínimo al asunto que en estos instantes tiene la completa atención del globo. No podemos evitarlo, somos seres viciosos. Adictos, incluso, a la sensación de unidad imaginaria y la creencia de que nuestro empeño pueda cambiar las cosas. La confianza ciega en cualquier ser omnipotente, sea Dios o la Ciencia, es constante e invade nuestra mente más profunda. El deseo se almacena en ese lugar reservado a los imposibles, siempre con ese optimismo que únicamente tienen los locos.

“No, no, no, no…”

Pero nadie nos escucha.