Crónica Literaria

Caléndula y Hierbabuena

Caléndula era una bruja. Todo el mundo lo intuía y algunos se atrevían a susurrarlo esperando el autobús, haciendo la compra, entre clase y clase o, simplemente, viéndola pasar por la calle. Había algo que picaba al fondo de sus cabezas y les instaba a buscar cierta pieza clave que gritaba “Soy una bruja” y que era la culpable de los rumores que corrían.

Eran sus zapatillas, demasiado grandes para sus pies. Esas medias negras llenas de carreras, las faldas destartaladas y esas camisetas de grupos que bien podrían haber escuchado sus padres. Era la enorme mochila de color verde que siempre cargaba en su hombro y era el curioso estuche en forma de plátano en el que guardaba los bolígrafos. Eran las piedras que colgaban de su cuello y las uñas pintadas de colores brillantes que se desconchaban constantemente. Pero sobre todo, aunque parezca obvio, era ese enorme sombrero de bruja que llevaba a todas partes y el cual adornaban flores, hojas y frutos secos diversos según la estación; una vez incluso una araña había tejido su tela en uno de los pliegues.

Había algo y no lograban ponerse de acuerdo decidiendo qué. Y, en realidad, no era algo que importase más que para pasar el rato. Lo importante es que nadie le tenía miedo.

Y era normal, pues Caléndula no era una bruja mala, ni mucho menos. Su sonrisa siempre estaba presente, traviesa. Sus mejillas, sonrosadas bajo la luz del sol, acompañaban a una mirada juguetona y curiosa que lo observaba todo como si fuera la primera vez. Caminaba con torpes pasos que muchas veces tenían como resultado una estrepitosa caída al suelo. A veces, incluso estando quieta, parecía no poder aguantar el equilibrio. Siempre llevaba el pelo alborotado, corto por debajo de las orejas, sin llegar a tocar sus hombros, y siempre tenía algo enredado en él. Tenía trece años e iba acompañada siempre por una perra medio salvaje que tampoco inspiraba miedo alguno a los vecinos.

Caía bien a todo el mundo y siempre la recibían con alegría a pesar de lo extraña que pudiera resultar. Comprando una barra de pan, la panadera decía: —Llévate este dulce también.— Y le regalaba una piruleta o un croissant o un trozo de coca de forner.

Mientras caminaba hacia la escuela, una compañera tocaba su hombro:

—¿Te quieres sentar hoy conmigo?—y ella asentía porque apreciaba el gesto amable a pesar de saber que habría de estar toda la hora sin prestar atención a la profesora porque la otra chica no dejaría de hablarle.

Mientras jugaba a la pelota con la perra, que se llamaba Hierbabuena, una mujer saludaba desde lejos y le lanzaba una pelota que ya consideraban perdida:

—¡Me la he encontrado esta mañana en una madriguera de conejo!—y Hierbabuena era feliz porque su pelota había vuelto a ella… Aunque entonces tuviera dos y no supiera con cual jugar primero.

Los días transcurrían pacíficos y tranquilos en ese pequeño pueblo de montaña, con sus calles empedradas y sus árboles perennes y esas flores coloridas que no podrías encontrar en ningún otro lugar. Las campanas repicaban cada hora y marcaban un ritmo constante que la gente no solía seguir más que para asuntos oficiales.

A Caléndula, en esos momentos pausados en los que no había nada que hacer, le gustaba dibujar… y lo hacía en cualquier parte. A veces sentada en un banco de piedra de la calle, otras veces en medio del césped del parque, en un taburete abandonado a un lado del camino e incluso subida en la rama más alta que pudiera alcanzar de un árbol cualquiera. Dibujaba cualquier cosa que pudiera ver o imaginar: Dibujaba la luna y las estrellas y el cielo; dibujaba los pequeños zorros que se le acercaban cuando paseaba por el bosque y dibujaba cervatillos asustadizos; dibujaba flores y plantas y árboles y frutos; dibujaba las sonrisas de los vecinos del lugar y las miradas chispeantes de un primer amor que aún no entendía. Dibujaba a Hierbabuena y su mirada salvaje y sus orejas atentas y la forma en la que sonreía cuando nadie la veía. Dibujaba sus zapatillas, demasiado grandes para ella, y dibujaba los pequeños insectos que decidían que su sombrero era un buen lugar para descansar.

Estaba dibujando, precisamente, cuando un grito la alertó a lo lejos y le hizo despegar la mirada del papel y el boceto que en él se formaba:

—¡Adrián! ¡Adrián!

Supo que era su madre quien lo buscaba, la conocía porque era la arquitecto del pueblo y siempre se encargaba de que ninguna de las casas se cayera, de que los puentes continuaran en pie y de que el campanario estuviera siempre en perfectas condiciones. A veces desaparecía durante semanas, cuando tenía que diseñar algún edificio para alguna ciudad y, al volver, lo hacía con bolsas bajo los ojos y la sonrisa de satisfacción de poder estar al fin en su hogar de nuevo. Supuso que habría llegado hacía poco y buscaba a su hijo para saludarlo, así que no se preocupó y siguió dibujando.

Aquella noche, antes de dormir -acurrucada junto a Hierbabuena- pensó en Adrián y en su madre y se preguntó si se habrían encontrado y habrían cenado una de esas maravillosas pizzas de patata y albahaca que hacía Amalia, la mujer que regentaba el único restaurante del pueblo. Seguramente se habrían acurrucado en una cama y se habrían sentido reunidos después de tres o cuatro semanas separados. Se habrían dicho “te quiero” y habrían besado sus respectivas frentes y habrían sido felices. Cuando concilió el sueño, lo hizo sonriendo.

A la mañana siguiente las calles no se habían inmutado ante el reencuentro de una madre y su hijo. La gente compraba y hablaba y los niños reían antes de entrar en la escuela y ella caminaba dando pequeños saltitos, balanceándose de un lado a otro y llevando su mochila verde, como siempre, llena de cuadernos y lápices y pinceles y acuarelas y una flauta de pan que no sabía tocar. En clase se sentó junto a una chica apacible que le ofreció ayuda para comprender aquello que se había perdido anteriormente por no prestar atención. Adrián no apareció en todo el día pero no se extrañó: estaría con su madre.

La tarde cayó demasiado pesada junto a un ocaso de unos colores rojizos demasiado brillantes en el cielo, casi amenazando con teñir las estrellas. Caléndula, confusa, tuvo que revisar su calendario en busca de la luna de sangre. Una vez tuvo las páginas entre sus manos quedó aún más intranquila: No era luna de sangre y ese color del cielo no era natural en fechas tan prontas del año. Se refugió en su pequeña casa de piedra rápidamente, allí ya la aguardaba Hierbabuena, que no se fiaba de los cielos extraños y gruñía junto a la ventana.

Hizo entonces una de las cosas que no solía ver nadie y que habría dejado claro que tenían razón en sus conjeturas: Cerró la puerta con tres cerraduras, sacó dos ramilletes de salvia y los quemó, pasándolos brevemente por cada una de las ventanas y aberturas al exterior y, finalmente, dejándolos descansar sobre la losa de mármol que había junto a la puerta exterior. Entonces se desnudó, se puso un pijama de franela, se sentó en un mullido sillón que tenía en el pequeño salón y se envolvió en una manta gruesa. No pudo conciliar el sueño esa noche.

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